Obreros del Amor

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A todos que hemos cuestionado la verdadera esencia del amor y su funcionamiento nos va a encantar el libro de Laura Kipnis, que nos anima a rebelarnos contra la monogamia como código social normativo. Por cierto, la frecuencia de infidelidades hoy en día demuestra que el deseo no es algo que podemos superar con buenas intenciones sino que es algo que nos supera a la mayoría.  La metamorfosis del amor en nuestra sociedad parece inevitable: las mariposas en el estómago se convierten en un compromiso social, y esto nos lleva a asumir un contrato laboral en la cama y la relación, una obligación “anestésica, alienante, inalterable y estéril.” La historia del amor “moderno” se ha rodeado de reglas e imposiciones que nos condicionan a amar con sometimiento y sin libertad – la forma más reciente del trabajo alienado.

Videasta y estudiosa de la cultura, la pornografía y las relaciones amorosas, la norteamericana Laura Kipnis (1956) es profesora de la Universidad de Northwestern, Chicago. Su trabajo se enfoca en las intersecciones de lo público con la psique y el cuerpo. Escribe en las revistas Slate, Harper’s y The Nation, y ha publicado varios libros sobre el porno, el amor y la supuesta “condición de la mujer”.

Contra el amor, que adelantamos aquí,  denuncia la nefasta influencia de la ética laboral en las relaciones de pareja  y defiende el adulterio como práctica subversiva frente al régimen amoroso en la era postindustrial. Cuando el amor es el turno que sigue a las horas de oficina, toca rescatar al vago de la seducción y restituirle a la vida su sentido de aventura.

Kipnis argumenta que el adulterio es una forma de critica social de facto ante la insostenibilidad de la monogamia, de el credo de que el deseo debería persistir a través de las  decadas que puede durar una relación. Y de que si no lo hace,  deberías dejar de buscar satisfacción sexual, o “trabajar en ello”. No es que la monogamia en sí sea el problema. El problema son las condiciones de estado policial bajo las cuales consentimos vivir para complacer  la necesidad de seguridad del otro y que pedimos para quitarnos la inseguridad que el otro es tan infiel como la mayoría.

Se nos pide que nos comprometamos con el aburrimiento y la insatisfacción, y paguemos este precio por la estabilidad social. El problema viene cuando la monogamia no es un deseo, sino un sistema de cumplimiento en el que las parejas son como policías expertos en vigilancia. Pero la pregunta más interesante es si este tipo de vida privada nos prepara para ser mas mansos y nos condiciona para renunciar a otras luchas.

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Portada del 4º de la Colección Versus, de Tumbona EdicionesContra el amor

Laura Kipnis

En otros tiempos, los pensadores que solían rumiar los problemas de la sociedad, como Freud, postulaban un desajuste esencial entre nuestros instintos más profundos y los requerimientos del entorno. Esa discordancia pudo volvernos propensos a la neurosis, pero al menos garantizaba cierta resistencia a las demandas opresivas de la socialización. En ocasiones, la realidad laboral ofrecía motivos para insubordinarse: la lucha por mejores salarios y condiciones, desde luego, e incluso por una jornada más concisa. Eventualmente, el trabajo y el capital le dieron una tregua a la rutina de ocho horas. Sin embargo, si echas un vistazo a tu alrededor, comprobarás que dicha conquista se está desmoronando en este mismo instante, mientras lees. Los retrocesos están a la orden del día y no sólo en el aspecto laboral: en la medida en que dentro del terreno íntimo también haya una suerte de sobrexplotación de mano de obra y se nos exhorte a “trabajar en nuestra relación”, no hay quien no termine doblando turno.  O quizá deberíamos llamarla una integración vertical: la misma obligación de cumplir horas extra, la misma arbitrariedad en las directrices, la exigencia de buena presentación, las evaluaciones de actitud, los temidos exámenes anuales de desempeño y –cómo olvidarlo– el mandato de “alcanzar el orgasmo”.

Y recordemos que en los viejos tiempos la promesa del progreso tecnológico era que trabajaríamos menos. Hoy se trata de un concepto anticuado, tan extinto como el pájaro dodó y el sindicalismo. ¿Cómo no admirar un sistema cuya capacidad de engullir cualquier alternativa hace que una idea tan abyecta como “trabajar en pos del amor” suene encomiable? Checar tarjeta al entrar y al salir; hacer el intento de robarle un poco de amor a nuestros superiores cuando no estamos atareados excavando los pozos mineros de la vida doméstica. ¿O es al revés? Como indica el sociólogo Arlie Russell Hochschild, una de las principales razones de la ampliación subrepticia de la jornada oficial es que un importante segmento de los trabajadores se afana horas extra para eludir el regreso a casa. (No debe sorprendernos: el hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego.)

Entonces, ¿en qué momento el desmedido quehacer doméstico califica como una violación a los derechos laborales y dónde podemos presentar una denuncia? ¿Debemos remitirnos directamente a la quintaesencia del sistema para hallar orientación? La fuente sería, por supuesto, Marx, poète maudit de la sociedad industrial, escasamente leído y a la vez denostado con prodigalidad, el personaje que tiempo atrás armó un alboroto a partir de una pregunta inocente: “¿Qué es una jornada de trabajo?” La interrogante constituye el núcleo de El capital (a Marx le tomó tres volúmenes dar con una respuesta). Como vemos, su perplejidad no ha perdido vigencia: ¿cuánto tenemos que trabajar antes de tomarnos un respiro y empezar a holgazanear, y aún cobrar un sueldo que nos permita vivir? Tal vez nos atañe más meditar lo siguiente: si en la era posindustrial la vida privada se traduce en vínculos que exigen un esfuerzo, si el amor es la forma más reciente de trabajo alienante, ¿sería apropiado releer la obra de Marx como instructivo matrimonial?

Lo que la gente parece olvidar acerca de Marx (absorta como está incriminándolo por tantas revoluciones fastidiosas) es que escribió con gran fuerza evocativa sobre los sentimientos. El sentimiento que genera la explotación, por ejemplo. El tema de los obreros sometidos, a quienes se les extrae hasta la última gota de sangre, aparece una y otra vez en su prosa ocurrente y mordaz, salpimentado con desproporcionadas metáforas góticas de torva muerte. La jornada laboral es un cementerio donde nos amenazan criaturas dantescas y espíritus necrófagos –saqueadores de tumbas provenientes del inframundo. El abuso crea monstruos enclenques; la maquinaria es una masa gigantesca y coagulada de actividad inánime. Los patrones son vampiros u hombres lobo, tan ávidos de arrancarles más y más trabajo a sus empleados a fin de saciar su infinita hambruna de ganancias que, si nadie hubiera batallado por el ciclo de ocho horas, la rutina se prolongaría indefinidamente convirtiéndonos en engendros tullidos, depositando tal sobrecarga de obligaciones sobre nuestros cuerpos abatidos que caeríamos muertos de consunción.

Es curioso que en la actualidad el frente doméstico esté signado por metáforas luctuosas: sexo mecánico, matrimonios muertos, maridos fríos y esposas frígidas. Entretanto, todos cumplen con las formalidades y guardan las apariencias. Probablemente tu deseo se haya apagado hace tiempo y tengas un anhelo primario y titubeante de “algo diferente”: sea como fuere estás atado a un contrato. Nada debe cambiar. ¿Por qué? Has vertido tanto de ti mismo en este artefacto –tu alma, tu historia– que le conferiste, paradójicamente, poderes mágicos. Así, las instituciones sociales (las fábricas que refiere El capital, pero también el amor) subsumen y dominan a sus artífices, quienes no pudieron preverlo, calcular pérdidas e impedir que su propia creación –una fuerza ajena y hostil– los avasallara. O al menos ése fue el diagnóstico que hizo Marx ante el advenimiento de la era industrial.

Una pregunta sombría, y sin respuesta a la vista, perdura en este contexto: ¿por qué tenemos que trabajar tan duro? ¿Es que no hay otra opción? Quizá sí la haya. Después de todo, el progreso tecnológico podría reducir el trabajo a un mínimo si la calidad de vida se instituyera como una meta social –si el objetivo del desarrollo consistiera en sacudirnos el yugo de la estrechez, en eximir a la infausta mayoría de la producción a destajo, en lugar de enriquecer de manera formidable a unos pocos. Obviamente, a más trabajo menor gratificación –una máxima irrefutable aun en el amor. En contraste, amotinarnos significaría –¡por lo menos!– alterar la estructura de nuestra existencia, sin mencionar que los credos enmohecidos de la ética laboral irían a parar al muladar de la historia. “Libera el tiempo y liberarás a la gente”, enunciaba el viejo eslogan de la lucha laboral. Sin embargo, desentrampar a las personas conlleva un riesgo social: quién sabe qué sublevaciones podrían emprender o cuáles serían sus próximas demandas.

Como debió haber inquirido Marx, si es que no lo hizo: “¿Por qué trabajar si puedes jugar y pajarear? ¿O si puedes ligar?” (La seducción puede volverse un asunto serio.) Una nota al pie ilustrativa en términos históricos: el propio Marx fue un adúltero pertinaz.

Puedes leerlo online aqui

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